Un buen jefe vale más que un aumento de sueldo

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Un buen jefe vale más que un aumento de sueldo

Los buenos y los malos jefes

Los jefes son actores principales en la película laboral. Egocéntricos, cotillas, exigentes, realistas, autoritarios... pero también extrovertidos, amables, positivos y conversadores determinan, más de lo que muchos de ellos imaginan, la calidad del trabajo y la productividad de los empleados que tienen a su cargo. Tanto es así, que algunos de estos trabajadores, puestos a pedir, prefieren un buen líder antes que un aumento de sueldo. En concreto el 60% de los profesionales españoles optan por tener un jefe honrado, humano y comprensivo en su equipo antes que por un incremento salarial.

"Un mal jefe es aquel que para hacer valer y ejercer su poder necesita imponer o intimidar, entiende el éxito como algo personal y utiliza al equipo como un recurso a su servicio, trata de forma injusta a sus trabajadores fomentando los agravios comparativos, y se comporta como un ser controlador o, por el contrario, como un gerente ausente que deja en manos de sus empleados la consecución de los objetivos sin darles directrices ni apoyarles en el día a día". Son los responsables de este corte los que generan estrés y hasta varios tipos de patologías físicas como dolencias cardíacas, antídotos más que poderosos para el buen entendimiento y la motivación necesarios para trabajar con eficacia. Los líderes que tratan de manera justa a sus trabajadores cuentan con equipos no sólo más unidos y satisfechos en sus puestos de trabajo, sino también más productivos en el desempeño de sus tareas profesionales.

Los buenos jefes

  • Amable de forma directa y sincera, diferenciando empatía de simpatía.
  • Seguro de sí mismo y de las posibilidades del equipo, sin dejar paso a la arrogancia, siendo capaz de actuar cuando las cosas se complican y hay que tomar decisiones.
  • Positivo a la vez que realista para transmitir optimismo al equipo sin permitir que la desidia o el 'no' por defecto se instaure en el equipo.
  • Sabe encontrar el término medio entre el trabajo y la motivación y medir la presión por los resultados para evitar así el agotamiento del equipo que a la fuerza se traduciría en unos malos resultados.
  • Fomenta las buenas relaciones personales con y entre el equipo, siendo generoso y haciendo críticas constructivas que sean precisas, objetivas, consideradas y orientadas a mejorar.

Cómo lidiar con los malos

  • Egocéntrico. Sólo piensa en sí mismo, por lo que basta con adularle para ganar su confianza... en este sentido suele ser muy manipulable.
  • Paternalista. Su exceso de protección impide que los empleados sean autónomos. Lo mejor en pagarle con su propia moneda. Solicitarle consejo le hará sentirse mejor... pero trate de dejarle claro que puede tomar sus decisiones, que es un profesional que puede valerse por sí mismo
  • Tolerante. Ni premia ni penaliza acciones. Procure no bajar la guardia nunca. Este tipo suele ser el más peligroso porque no se le ve venir.
  • Cotilla. Convierte los rumores en su mejor herramienta para el convencimiento. Mantenga una actitud firme y segura sobre sus acciones, no hable más de lo necesario si está cerca y, nunca, le haga una confidencia. A este tipo de personas les encanta enredar, disfrutan con ello sin pensar en las consecuencias.
  • Sobreocupado. Nunca le pillara en con un momento libre... pero esa sobre ocupación no suele ser real, sólo en consecuencia de una organización nefasta que es inaceptable en los buenos líderes. Para una convivencia sana, cuando tenga que tratar algún asunto con él o ella, intente fijar una fecha y una hora con cierta flexibilidad dejando claro, eso sí, que es importante ya que de lo contrario no le molestaría. La cordialidad será su mejor herramienta.

Jose Manuel Orejón Camacho

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